París,
Cerca de cuatro siglos los separaron, pero ambos contemplaron larguísimo y tendido el cuerpo humano para modelarlo de forma que, en el terreno de la escultura, nunca más fuese contemplado como un conjunto de huesos y músculos, en engranaje perfecto pero inexpresivo. Las composiciones en esa disciplina de Miguel Ángel (1475-1564) y de Auguste Rodin (1840-1917) encarnan para nosotros la fuerza de la piel y la profundidad del alma y entre uno y otro podemos encontrar tanto continuidades como rupturas.
Se ocupa de estudiarlas, hasta el próximo julio en el Louvre, la exposición “Miguel Ángel Rodin: Cuerpos Vivos”, que cuenta con más de doscientos trabajos y que viene a enfatizar las cuestiones formales y conceptuales que remiten a ambiciones compartidas por ambos: la esencial, visibilizar la energía interior del cuerpo. Éste se presenta como envoltura del anima, y por eso, como materia viva afectada por el tiempo y por el gesto, vinculado este último a caminos expresivos -se esboza en la muestra- propios de las vanguardias.
Al incidir en las conexiones entre ambos, y en los modos en que el francés se acercó al italiano, esta exposición ofrece una lectura matizada de los mitos que han rodeado a los dos genios, al tiempo que nos propone repensar la escultura no como un elemento que “crea formas”, sino como un laboratorio para la innovación artística, con el cuerpo como campo de juego. Obras maestras de los dos se entrelazan con trabajos manieristas inspirados en Miguel Ángel (de Vincenzo Danti, Vincenzo de Rossi y Pierino da Vinci) y con poderosas creaciones contemporáneas de Joseph Beuys, Bruce Nauman, Giuseppe Penone y Jana Sterbak, demostrando la influencia en el tiempo del legado de estos tótems.
Podemos ver en París mármoles, bronces, moldes de yeso, esculturas de terracota y un buen número de grabados procedentes de los fondos del mismo Louvre, del Musée Rodin y de centros internacionales. Se articulan en cinco secciones; en todas ellas los trabajos de uno y otro se intercalan y se revisan sus fuentes de inspiración, su relación con los materiales de creación y sus temas predilectos, unidos por un hilo conductor central en el montaje: el propio cuerpo y el modo en que expresa vida.

Arranca la exhibición con cinco piezas esenciales: El esclavo moribundo y El esclavo rebelde de Miguel Ángel y La edad de bronce, Adán y Jean d´ Aire de Rodin, que “escaparon” de su monumento a los burgueses de Calais y que reciben al público, precisamente, como si fueran cuerpos habitados por una poderosa fuerza vital.
Se comienza presentando a los dos escultores desde la perspectiva del mito; la construcción de sus respectivos linajes artísticos se analiza a través de una selección de obras creadas a partir de los maestros y, en el caso de Rodin, específicamente a partir del mismo Miguel Ángel. La importancia de los modelos del creador de la Pietá para el escultor francés se contextualiza también con su viaje fundamental a Florencia en 1876 y con su descubrimiento de la Capilla de los Príncipes en San Lorenzo, una obra completa de “aquel mago” que parecía estar dejándole “algunos de sus secretos”, como escribió entonces a su compañera Rose Beuret. Las réplicas de época realizadas por Vincenzo Danti a partir de las representaciones alegóricas de las horas del día en las tumbas de Giuliano y Lorenzo de’ Medici permiten al espectador evocar esas figuras del florentino.
En todo caso, la naturaleza y la antigüedad constituyen las principales fuentes de inspiración para los dos artistas, que trabajaron para superarlas, como pretende probar la segunda sección. Contemplaremos bocetos y dibujos surgidos de la observación meticulosa del cuerpo humano y de un profundo conocimiento de la anatomía, adquirido en parte por Miguel Ángel mediante la práctica de la disección, y por Rodin a través de largas horas de trabajo con modelos vivos. Sus obras acabadas trascendieron la estricta reproducción naturalista e implicaron la recomposición de la anatomía humana: las figuras ideales de Miguel Ángel llegaron a reemplazar a la naturaleza para la siguiente generación, y Rodin anheló sobre todo la precisión y la veracidad. Para Vasari, justamente esa superación de lo antiguo y de lo natural era el significado último de la llegada de Miguel Ángel a la Tierra.


El surgimiento del torso como forma artística es fundamental en una tercera sección: mientras que se dice que Miguel Ángel se negó a restaurar el Torso del Belvedere, reconociendo la plenitud estética de su forma fragmentaria, Rodin fue el primer artista en concebir los torsos como obras autónomas, estableciendo así uno de los temas principales de la escultura moderna.
Y en el centro de la exposición se encuentra el non finito, una estética emblemática de la obra de Miguel Ángel de la que se reapropió Rodin: buscaron no ocultar las huellas del acto creativo, demostrando que la escultura visible es simplemente un escenario en una forma virtual ya existente, revelando, mediante el uso de lo transitorio, ese flujo vital que recorre los cuerpos.


Un pequeño Cristo crucificado de madera, prestado excepcionalmente por la Casa Buonarroti, se muestra cerca de Los Esclavos del Louvre, demostrando la fuerza expresiva del estilo inacabado de Miguel Ángel. Y aquella relación casi demiúrgica con la materia se sintetiza en La Mano de Dios de Rodin, que representó en mármol ese órgano divino modelando los cuerpos de Adán y Eva en arcilla. Por su parte, el Árbol de los siete metros de Giuseppe Penone ilustra la pervivencia contemporánea de esa técnica del inacabado.
Asimismo, una selección de dibujos a tiza roja y a tinta de Miguel Ángel y Rodin da fe de la vitalidad de los cuerpos sugerida por la viveza de los contornos, que evocan los efectos superficiales producidos por la técnica del inacabado. Al captar la luz, crean un halo suave y luminoso alrededor del mármol, una especie de sfumato que ancla la obra en su atmósfera circundante.
Al elegir el cuerpo como tema central de sus obras, tanto Miguel Ángel como Rodin lo percibieron, como comprobamos una y otra vez, como apéndice animado de una intensa vida interior. Sus figuras son moradas de pensamiento y sueño, a veces rozando la muerte; la psique deja evidentes huellas físicas y la forma física deviene representación del alma en el San Bartolomé de Miguel Ángel o el Balzac de Auguste Rodin, obras de las que encontraremos ecos en Piel, de Joseph Beuys, y Vanitas: Vestido de carne para un albino anoréxico, de Jana Sterbak. Las anatomías y los rostros, las poses de las figuras y las composiciones de grupo expresan sentimientos y pasiones humanas, que vuelven a impregnar el Juicio Final de Miguel Ángel y Las Puertas del Infierno de Rodin, presentadas respectivamente a través de una copia de época y de un modelo, al igual que el gran relieve de bronce de la Serpiente de Vincenzo Danti.
Rebosan energía, igualmente, las numerosas figuras serpentinas dibujadas por Miguel Ángel, el Dios del río de mármol de Pierino da Vinci y La voz interior de Rodin. El poder de la figura humana es claro: la terribilità miguelangelesca, encarnada aquí por un molde de Moisés de la colección de la École des Beaux-Arts, se contrapone a la presencia magnética del Balzac francés.
Irradian poder a pesar de sus poses estáticas, pero ambos escultores también emplearon con frecuencia la disposición de los cuerpos en el espacio. La energía vital se traduce así en una conjunción hábil de equilibrio y desequilibrio, que conduce a las obras al borde mismo de la inestabilidad. Resuena, esa tensión, en Bruce Nauman y su Walking a Line, que pone fin a la exposición.


“Miguel Ángel y Rodin. Cuerpos con vida”
Palais Royal
París
Del 15 de abril al 20 de julio de 2026
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