| (c) Gustavo Chiang |
Una
iniciativa pionera en Chile investiga cómo los llamados “químicos eternos”
llegan, circulan y afectan los ecosistemas polares, en un contexto marcado por
el deshielo y el cambio climático.
¿Cómo
llegan los llamados “químicos eternos” a uno de los lugares más remotos y
prístinos del planeta? ¿Qué efectos podrían tener estos contaminantes sobre la
fauna marina y los ecosistemas? ¿De qué manera el calentamiento global influye
en la liberación de sustancias tóxicas atrapadas en el hielo?
Estas son algunas
de las preguntas que busca responder ICEMELT, un nuevo centro de investigación
chileno dedicado al estudio de contaminantes emergentes en la Antártica.
Los PFAS
—conocidos internacionalmente como “químicos eternos”— corresponden a miles de
compuestos químicos sintéticos utilizados ampliamente en productos industriales
y de consumo por su capacidad para repeler agua, grasa y suciedad.
Se
encuentran en muchísimos productos de consumo de la vida como ropa de montaña e
impermeabilizantes. Debido a su gran estabilidad química, estas sustancias no
se degradan fácilmente en el ambiente y pueden permanecer durante décadas en el
agua, el suelo, el hielo y los organismos vivos.
Frente a
este escenario, ICEMELT busca comprender cómo estas sustancias llegan, se
acumulan y circulan en los ecosistemas antárticos, así como también cuáles
podrían ser sus efectos sobre organismos marinos y redes alimentarias del
océano Austral. El proyecto es encabezado por la Universidad Mayor y financiado
por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID) a través
del programa Anillos de Investigación en Ciencia Antártica.
La
iniciativa contempla tres líneas principales de investigación: ocurrencia
ambiental, ecotoxicología y transferencia trófica, con el objetivo de
comprender cómo los PFAS se distribuyen, acumulan y transfieren dentro de las
cadenas alimenticias marinas del océano Austral.
“ICEMELT
es una iniciativa pionera porque integra, por primera vez en Chile, distintas
disciplinas para estudiar cómo contaminantes emergentes interactúan en
ecosistemas antárticos. No solo queremos detectar la presencia de PFAS, sino
también comprender cómo circulan, cómo se transfieren en las tramas tróficas y
qué efectos podrían tener sobre organismos marinos en uno de los ambientes más
sensibles del planeta”, explica el Dr. Cristóbal Galbán, director del proyecto.
Viajeros
invisibles
La
historia de los llamados “químicos eternos” comenzó en 1938, cuando el químico
estadounidense Roy J. Plunkett descubrió accidentalmente el
politetrafluoroetileno (PTFE), conocido popularmente como “teflón”. Este
hallazgo marcó el inicio del desarrollo de los compuestos perfluorados y
polifluorados (PFAS), sustancias altamente resistentes al agua, la grasa y las
altas temperaturas.
Durante
las décadas de 1950 y 1960, la producción de PFAS se expandió masivamente a
nivel global y comenzó a incorporarse en utensilios de cocina, textiles
impermeables, envases y espumas contra incendios. Sin embargo, su enorme
estabilidad química permitió que estos contaminantes persistieran durante
décadas y viajaron grandes distancias a través de la atmósfera y las corrientes
oceánicas.
Aunque se
producen principalmente en regiones industrializadas, los PFAS pueden
transportarse a largas distancias a través de la atmósfera y los océanos. Como
resultado, se han detectado incluso en lugares extremadamente remotos como la
Antártica, un territorio históricamente considerado uno de los ecosistemas más
prístinos del planeta.
En 2006 se
registraron las primeras detecciones de PFAS en fauna antártica.
Investigaciones científicas reportaron la presencia de estos contaminantes en
especies del océano Austral, como albatros, elefantes marinos, pingüinos y
skúas, demostrando que incluso algunos de los ecosistemas más aislados del
planeta no están libres de contaminación química.
Muchos de
estos contaminantes pueden quedar atrapados durante años en nieve y hielo. Sin
embargo, el aumento de las temperaturas y el retroceso de glaciares favorecen
su liberación y recirculación en sistemas acuáticos, lo que podría incrementar
la exposición de organismos marinos a estas sustancias.
“La
presencia de PFAS en la Antártica muestra que la contaminación química es un
problema global. Lo que se libera en una parte del mundo puede terminar
afectando ecosistemas remotos y frágiles.”, concluye el Dr. Gustavo Chiang,
director alterno del proyecto.
Más
información en www.icemelt.cl