Jue. Jul 16th, 2026

No cualquier cosa es arte

 En la reciente discusión por
el Registro de Vándalos, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH)
advirtió que sancionar los rayados no autorizados podría derivar en una
«criminalización de la expresión artística».

 Su preocupación apunta a
que una redacción demasiado amplia de la ley termine alcanzando manifestaciones
culturales o políticas protegidas por la libertad de expresión.

Lo anterior puso sobre la mesa
un debate que parecía zanjado. Debate pobre, por lo demás. ¿Son los rayados en
propiedad privada una expresión artística?

Desde hace siglos, filósofos y
críticos han discutido qué es el arte. La RAE lo define como “la capacidad,
habilidad para hacer algo”. Un segundo concepto de la misma academia agrega que
puede tratarse de una “actividad consistente en crear obras que, mediante
recursos principalmente plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan
una estimulación estética o intelectual”.

Lo cierto es que existen
comunes denominadores en esta ecuación: talento, oficio, sensibilidad y/o
creatividad. Por supuesto trabajo y disciplina. Una serie de factores que
complejizan un ecosistema que, al final del día, no es para cualquiera.

En efecto, detrás de una obra
hay un proceso de aprendizaje, una búsqueda estética y una intención que va más
allá del impulso inmediato. Si bastara con tomar un aerosol y dejar una marca
sobre un muro para convertirse en artista, entonces todos lo seríamos. Pero no.
A no confundirse.

Tal como escribir unos
párrafos no convierte a cualquiera en novelista, o tocar unas notas no es
suficiente para ser compositor, intervenir una pared no transforma el acto
automáticamente en una obra de arte. Porque sí, el arte puede adoptar formas
muy diversas, pero siempre exige algo más que la mera voluntad de expresarse.

Sin ir más lejos, el propio
arte urbano demuestra esa diferencia. Los grandes murales que hoy enriquecen (y
embellecen) distintas ciudades en todo el mundo fueron concebidos con una
intención estética reconocible. 

Dialogan con el entorno, con el sentir de los
vecinos, y muchas veces cuentan con autorización o con el consentimiento de las
comunidades donde se emplazan. Otra cosa muy distinta es la proliferación de
firmas repetidas, rayados improvisados o mensajes sobre fachadas patrimoniales,
viviendas o pequeños comercios, que nadie entiende y que ningún vecino pidió.

Por consiguiente, llamar
«arte» a todo por igual termina perjudicando precisamente al arte
urbano y al arte en general. Si toda intervención tiene el mismo valor,
entonces ninguna merece una valoración especial. Con todo, lo que plantea el
INDH va precisamente en la línea contraria de las complejidades, tiempo,
dedicación, trabajo y disciplina de los verdaderos artistas que buscan en sus
obras construir, no destruir.

Además, existe un aspecto que
suele quedar fuera de la discusión: el derecho de los demás. La libertad de
expresión protege las ideas; no convierte cualquier soporte ajeno en un lienzo
disponible. Una sociedad democrática reconoce el derecho a crear, pero también
el derecho de los ciudadanos a conservar sus bienes y a disfrutar de un espacio
público cuidado.

Ambos principios, en un marco
mínimo de respeto y buena convivencia, deben saber convivir.
 

Por Julio Sánchez, periodista
y socio de WE Comunicaciones

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