Valencia,
Nacido en los últimos compases de la II Guerra Mundial, en marzo de 1945, Anselm Kiefer ha sido, junto a Georg Baselitz, Gerhard Richter, Sigmar Polke o Jörg Immendorff, uno de los nombres esenciales del renacimiento de la pintura alemana en los años setenta, en un panorama dominado por el neoexpresionismo.
Desde sus mismos inicios, hizo Kiefer de la historia y los mitos de su país su fuente creativa, zambulléndose en el pasado antiguo cuando la reflexión sobre el ayer más inmediato era insoportable y pesaba aún aquella afirmación de Adorno de que no era posible la poesía después de Auschwitz.
Para este autor, la historia se encuentra arraigada en el mito y tiene su base en una ideología difusa que se deriva de mundos muy lejanos en el espacio y el tiempo: no se fiaba ni de registros ni de testigos, pero sí se dejaba fascinar por lo irracional. La capacidad de empatía (pese al manoseo actual del término) le ha resultado esencial a la hora de examinar el pasado, que continúa muy presente en su producción.
Otro de los puntos de partida de su creación ha sido la naturaleza. En sus creaciones últimas ha partido, muchas veces, de la observación de una vegetación seca de tallos amarillos y cardos marchitos cuyos tonos ocres lo deleitaron. Por su belleza al borde de la descomposición, le recordaron las viejas representaciones sobre el amor, la muerte y la fugacidad de la vida, pero especialmente los poemas y canciones de amor de Walther von der Vogelweide, muy vinculados a la propia vida de su autor.
A aquel minnesinger (poeta del amor lírico), que vivió entre los siglos XII y XIII y cuyas obras seminales viene explorando Kiefer desde los setenta, le dedicó el proyecto Für Walther von der Vogelweide, centrándose en el que es seguramente su poema más célebre, Under der linden, sobre la unión romántica en un entorno natural de dos amantes de clases sociales distintas.
La literatura siempre ha sido esencial para el creador alemán… y también el lenguaje: Vivo en el lenguaje (…). Es el lenguaje el que me domina. Lo escucho. Mucho de él permanece en la oscuridad para mí, pero llevo las palabras conmigo y, repentinamente, entablo relaciones a partir de lo que me dice.
Tanto la vivencia de la naturaleza que transluce el poema medieval como las hojas rotas de hierba y las flores en él descritas aparecen de forma recurrente en sus pinturas recientes; de hecho, lo vegetal no ha hecho sino ganar presencia en su trabajo desde las series tempranas Für Paul Celan, Die Ungeborenen y Morgenthau Plan.

Las cuatro décadas de trayectoria de Kiefer son fruto de un continuo proceso de acumulación, mezcla y reelaboración de temas y motivos que se repiten y se superponen constantemente en medios diversos y que suelen guardar relación, como dijimos, con la memoria cultural, la identidad y la historia, particularmente con la que le es más cercana (la alemana de posguerra), con fuentes mitológicas y literarias y con su propia biografía.
Además, las representaciones de la naturaleza le han servido para explorar cuestiones básicas de la existencia humana, a partir de una dialéctica que enlaza belleza y destrucción. Tallos doblados y enredados surgidos de la aplicación gestual de pinceladas gruesas pueden romper el espacio pictórico y parecen acercarse al espectador movidos por fuerzas invisibles.
Es habitual, además, que incorpore objetos específicos a sus lienzos. Normalmente destacan por su simbolismo, como la guadaña de Eros – Thanatos, contrapeso a la naturaleza espiritual o mística de la imagen y su nexo con múltiples interpretaciones filosóficas e históricas. Hay que recordar que la hoz y la guadaña ilustran, con su curvatura, que todo el tiempo gira sobre sí mismo y el artista nos permite sumirnos, desde sus naturalezas aparentemente puras, en esas complejas conexiones.


El Centro de Arte Hortensia Herrero abre hoy al público la primera muestra de Kiefer en Valencia, bajo el comisariado de Javier Molins y organizada en colaboración estrecha con el artista, que conociendo los espacios y escalas de este centro de creación planeó las piezas idóneas para cada una de las seis galerías que ocupa la exposición. Tiene mucho de inmersiva, por las dimensiones monumentales de los trabajos, y nuevamente contiene historia, paisaje y mitología.
El punto de partida de esta propuesta fue la adquisición, por Hortensia Herrero hace una década, de Böse Blumen (inspirada en Baudelaire), y los lazos entre ambos durante esos años han posibilitado el aterrizaje de este proyecto en nuestro país: una invitación a la concentración, a dejarse absorber por creaciones en las que texturas y colores se superponen en capas que parecen remitir a las temporales.

De la colección de Herrero también forman parte Walhalla y Der Tod und das Mädchen, que pueden verse en la sala noble de este espacio, junto a otras piezas que salen por vez primera del estudio de Kiefer, como Elektra y Dryad, vinculadas a mitos griegos; o la mencionada Für Walther von d. Vogelweide y Wer jetzt keines Haus hat, baut sich keines mehr, inspiradas en la poesía de Von der Wogelweide y Rilke respectivamente. En el caso de Der Tod und das Mädchen fue la música, concretamente Schubert, el punto de partida.
A Valencia también ha llegado la vitrina Johannis Nacht, con helechos en su interior; la muy temprana Himmel–Erde (1974); y la inmensa Danaë, nunca expuesta en Europa, que reproduce el interior del aeropuerto berlinés de Tempelhof al tiempo que alude al mito de Dánae en forma de una lluvia dorada que cae sobre el cuadro.
Lo irracional, y no el documento, continúa siendo la senda de Kiefer para aproximarse al ayer, al mito y a los paisajes simbólicos. Al tiempo que revive la grandeza romántica, recuerda, incluso usando el fuego, los embates del tiempo.

Anselm Kiefer
CENTRO DE ARTE HORTENSIA HERRERO
Calle del Mar, 31
Valencia
Del 29 de abril al 25 de octubre de 2026
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