Mar. Jul 21st, 2026

La música como herramienta de vida

 El 23 de mayo de 2001 se creó la Fundación de
Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI). Para llevar a cabo este gran
proyecto, se realizó anteriormente un encuentro de orquestas en Concepción,
donde el entonces presidente Ricardo Lagos firmó el compromiso que daría vida a
la institución.

Sobre el escenario había
instrumentos, jóvenes músicos, Luisa Durán, primera dama de la época y
cofundadora de FOJI, y el maestro Fernando Rosas, quien tenía la convicción de
que la música podía cambiar vidas.

Veinticinco años después, FOJI
ha formado a miles de becados y becadas en todo el territorio nacional,
consolidando una red de músicos, familias y comunidades que sigue creciendo con
el tiempo.

Las cifras reflejan esa
expansión. En sus inicios, la Fundación contaba con 326 becados. Hoy son 1307
los niños, niñas, adolescentes y jóvenes beneficiados, quienes participan en
alguno de los siete elencos y tres ensambles de Santiago, en las quince orquestas
regionales y/o en la Escuela de Orquestas.

Un tejido invisible que cubre
el territorio

FOJI no nació de la nada.
Detrás de la institución existió casi una década de trabajo previo con el
Programa Nacional de Orquestas Juveniles, creado en 1992, que sembró
agrupaciones en ciudades como La Serena, Valdivia y la creación de la Orquesta
Sinfónica Nacional Juvenil (OSNJ) en Santiago. De esta manera comenzaron a
formarse líderes y sentar las bases de una futura red nacional. Cuando nació la
Fundación, lo que hizo fue amplificar un proceso que ya estaba en marcha.

Si algo distingue a FOJI de
otras instituciones musicales es su capacidad de construir redes humanas que
atraviesan el país. Lo que comenzó con algunas orquestas regionales terminó
convirtiéndose en un ecosistema cultural presente en todo Chile.

Claudio Pavez, director del
Área Musical de FOJI, describe este fenómeno con claridad: “Niños que son de
Coyhaique después se vinieron a estudiar acá (Santiago), fueron miembros de la
Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de FOJI, se formaron como músicos
profesionales, y luego volvieron a su región a fundar orquestas. Es un tejido
que es invisible a los ojos de la mayor parte de la gente”, dijo.

Antes de la existencia de
FOJI, la presencia orquestal en zonas extremas era escasa. Hoy, por ejemplo,
solo en Coyhaique existen cerca de una docena de orquestas. El modelo impulsado
por la Fundación no solo formó músicos, sino también directores, profesores y
gestores culturales que regresaron a sus territorios para multiplicar lo
aprendido.

Fernando Rosas, el fundador
que supo transmitir una misión

Para entender FOJI es
imposible no hablar de Fernando Rosas, el hombre que imaginó y levantó este
proyecto.

Loreto Diaz-Vaz, directora del
Área de Formación, fue becada en los primeros años de la institución, llegó
desde Valdivia para integrarse a la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil y más
tarde terminó trabajando junto al fundador.

Su recuerdo de Rosas retrata
el tipo de liderazgo que marcó los primeros años de la Fundación. “Era muy
power. Ya su vozarrón te generaba respeto. Pero era muy cercano, muy cariñoso,
muy preocupado. Generaba mucho compromiso y mucho vínculo con la gente a su
alrededor. Siempre estuvo muy convencido de que esto valía la pena, y eso lo
transmitía muy bien a los equipos, a los profesores y a los músicos”, recordó.

Diaz-Vaz también lo describe
como una persona capaz de sacar lo mejor de cada equipo y de involucrarse
completamente en cada proyecto. “También era muy bueno para la talla, nos
reíamos mucho con él”, agregó entre risas.

Fernando Rosas falleció en
2007, apenas seis años después de la creación de FOJI. Sin embargo, el proyecto
continuó creciendo y fortaleciendo una visión que sigue presente en cada
orquesta y en cada generación de jóvenes músicos. “Fue una muy bonita experiencia.
De verdad aprendí muchísimo. Agradezco haber tenido la oportunidad de trabajar
con él”, afirmó Diaz-Vaz.

Más que un semillero de
músicos, una herramienta de vida

Uno de los errores más comunes
es pensar que FOJI existe únicamente para formar músicos profesionales. Su
impacto va mucho más allá.

“Hacemos seriamente todo lo
posible por entregar una formación de excelencia, pero la Fundación no busca
precisamente eso. Tenemos niños que después estudian astronomía, biología,
matemática o ingeniería. Hacer música entrega hábitos, dedicación y profundidad.
Es como un atleta olímpico, pero que juega en equipo”, explicó Claudio Pavez.

La historia de Gabriel Cortés,
ex becado de la Orquesta Sinfónica Juvenil Regional de Tarapacá, refleja esa
dimensión formativa. Este año obtuvo puntaje nacional en la PAES y comenzó a
estudiar Ingeniería Civil Mecánica en la Universidad de Santiago. 

Para él, la música siempre fue
un espacio de equilibrio frente a las exigencias académicas. “Tocar era
olvidarme del Preuniversitario, la PAES y el colegio. Aunque fueran ratos
cortos, siempre me servían para despejarme y volver con más energía”, contó.

Gabriel no planea dedicarse
profesionalmente a la música, pero asegura que no habría podido alcanzar sus
metas sin la Fundación.

“En FOJI siempre teníamos
jornadas los sábados y domingos, que para el resto son días de descanso. A
veces estaba cansado, pero uno busca cumplir, busca ir y estar con la mejor
disposición. Al final se trata de ser responsable no solo conmigo, sino también
con los demás”, afirmó.

Ese aprendizaje se lo inculcó
Bernardo Ilaja Valdivia, profesor de su colegio y también director de la
Orquesta Sinfónica Juvenil Regional de Tarapacá, quien le enseñó que la música
es una herramienta de vida, pues forma constancia, resiliencia y trabajo en
equipo.

FOJI y las familias, una
transformación que va más allá del escenario

El impacto de FOJI no termina
en quienes toman un instrumento. También transforma familias completas y
fortalece vínculos comunitarios.

Loreto Diaz-Vaz lo observa
constantemente en los conciertos. “Uno ve las caras de orgullo de esos papás y
mamás, y de verdad siente que todo vale la pena. Son tantas cosas asociadas: el
sacrificio de venir a clases, esperar, ensayar en la casa, cuidar el
instrumento. Y después uno ve esas caras de orgullo”, señaló.

Muchas familias llevan años
vinculadas a la Fundación. Algunas comenzaron acompañando al hijo mayor y luego
continuaron con los hermanos menores. Con el tiempo, la institución termina
convirtiéndose también en una comunidad de apoyo y pertenencia.

Gabriel Cortés, que dejó
Iquique para venir a estudiar a Santiago, sabe que la música seguirá formando
parte de su vida. Ya comenzó a buscar espacios donde seguir tocando, aunque no
estudie música profesionalmente. Y aunque reconoce que extrañará los ensayos y
los conciertos, lo que más le duele dejar atrás son las personas: sus
compañeros, profesores y amigos de la orquesta.

Su mensaje para quienes están
comenzando en FOJI es directo y sentido: “A los niños y niñas de FOJI les digo
que aprovechen y disfruten lo que es la Fundación, porque es una instancia
donde uno aprende mucho y comparte mucho. 

Hay profesores súper buenos, apoyo
psicosocial, siempre están dispuestos a ayudar. Al final, uno extraña”.

A 25 años de su fundación,
FOJI sigue siendo ese puente que describió Claudio Pávez: no el final del
camino, sino el tramo que une el sueño de un niño en Tarapacá con un escenario
en Santiago, el esfuerzo de una familia en Coyhaique con una orquesta que recorre
el mundo, la disciplina aprendida un sábado de ensayo con el hábito que después
sostiene una carrera universitaria.

La música, en manos de FOJI,
nunca fue solo música. Fue constancia, fue comunidad, fue la herramienta
silenciosa detrás de miles de historias que el país todavía no termina de
conocer. Y si los primeros 25 años son algún indicio, lo que viene suena mejor
que nunca.

FOJI cuenta con financiamiento
del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

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