Por María
Gabriela Huidobro, historiadora y académica de la Universidad Andrés Bello.
Cada mes
de julio, específicamente el día 9, Chile conmemora el Día de la Bandera. La
fecha rinde homenaje a la batalla de La Concepción de 1882, cuando, en plena
Guerra del Pacífico, 77 soldados bajo el mando del capitán Ignacio Carrera
Pinto sacrificaron su vida para defender la bandera nacional.
Sin
embargo, como ocurre con toda efeméride, la fecha no es importante solo en sí,
sino por lo que representa.
En este
caso, el valor de miles de chilenos que combatieron en distintos escenarios,
encarnando el compromiso de una generación dispuesta a entregar su vida por el
país. Y en ese grupo, merecen ser recordados tanto hombres como mujeres, sobre
todo, quienes han tenido menos espacio en nuestra memoria histórica.
Los
imaginarios populares sobre la guerra suelen pensar en escenarios de batallas
donde solo hubo varones. No obstante, la evidencia documental demuestra que
también hubo participación femenina y que esta no fue excepcional ni
anecdótica.
Tanto en
la guerra del Pacífico como en otros conflictos militares, hubo mujeres que
marcharon con el ejército, auxiliaron heridos, enfrentaron epidemias,
transportaron mensajes y, cuando las circunstancias lo exigieron, empuñaron
armas y combatieron.
Las notas
de prensa entre 1879 y 1883 hablan, incluso, de cientos de mujeres embarcándose
hacia el norte para enrolarse en el ejército, acompañar a sus familiares u
ofrecerse en tareas de asistencia. Incluso, algunas se disfrazaron de hombres
para no ser marginadas de las tareas militares.
Dos
escenas ocurridas durante la Guerra del Pacífico permiten acercarse a esa
historia olvidada, y ambas tienen a la bandera como protagonista. En la batalla
de Los Ángeles, el comandante Juan Martínez encargó a la cantinera Filomena
Valenzuela Goyenechea custodiar el estandarte del Batallón Atacama.
Si la
derrota era inevitable, la bandera no debía caer en manos enemigas. Filomena
cavó un hoyo en el lugar donde calentaban agua para atender a los heridos y
escondió ahí el emblema patrio. Terminada la batalla con triunfo chileno, lo
desenterró intacto para celebrar la victoria.
Ese mismo
combate dejó otra imagen elocuente. La cantinera Carmen Vilches fue una de las
primeras en alcanzar las posiciones enemigas. Desde allí buscó animar el avance
de los soldados y, para eso, improvisó una bandera con sus bombachas rojas
sujetas a una lanza. Esa escena quedó grabada en la memoria de sus
contemporáneos y fue transmitida como una muestra de coraje y patriotismo.
Ambas
historias podrían parecer simple anecdotario de guerra, pero representan más: condensan
la experiencia de cientos de mujeres cuya participación quedó eclipsada e
invisible. Filomena y Carmen no fueron excepciones, sino rostros visibles de
una amplia y relevante presencia femenina.
Junto a
ellas estuvieron Irene Morales, Juana López, Dolores Rodríguez, Josefa Herrera
y muchas otras cuyos nombres apenas sobrevivieron, mientras la mayoría
permanece anónima. Todas compartieron las marchas, el hambre, las enfermedades,
el cuidado de los heridos y los riesgos del combate, por lo que merecen un
espacio en la memoria histórica.
Las
efemérides nacionales cumplen esa función: concentran en un símbolo procesos
históricos complejos. La bandera que recordamos cada 9 de julio no sólo
representa a los 77 de La Concepción, sino también a quienes murieron sin
monumentos, regresaron sin honores o han permanecido fuera de los relatos
épicos.
Ampliar
esa memoria no significa alterar nuestra historia, sino completarla, porque la
bandera nacional alcanza su significado cuando es capaz de representar a todos los
que contribuyeron a sostenerla.

