San Sebastián,
Entre las últimas adquisiciones del Museo San Telmo de San Sebastián destaca la de una de las ediciones de la serie Los desastres de la guerra de Goya, datada entre 1810 y 1823, formada por ochenta estampas y dedicada, como es sabido, a otros tantos crudos episodios dejados por la invasión de Napoleón en España.
En el paso de las décadas, estas composiciones trascenderían su valor primero de documento para convertirse en emblema del sufrimiento humano y la violencia causados por las guerras, también por las más cercanas, de ahí que este centro donostiarra haya querido exhibir por primera vez este conjunto, tan representativo de la mirada libre y crítica de Goya, emparejándolo con el trabajo de Robert Motherwell Iberia, que ha viajado para la ocasión desde el Guggenheim Bilbao.
Este autor estadounidense apenas había alcanzado la veintena cuando estalló la Guerra Civil española, pero las noticias a las que tuvo acceso en relación con la contienda le dejaron huella y, a partir de 1948, sólo siete años después de iniciar su andadura como artista, dedicó una de sus series más célebres a este asunto: Elegías a la República Española. La obra Iberia es diez años posterior y la realizó tras su primera visita a España, ese mismo año de 1958 y junto a Helen Frankenthaler: se zambulle en las oscuridades y ambientes lóbregos que entonces percibió; de hecho, ese tono, el negro, es la base de esta pieza, sólo matizada por una pequeña superficie blanca en un extremo que, en el fondo, acentúa la sobriedad densa del resto de la tela.
Suscita, este trabajo, una sensación de impenetrabilidad y casi de asfixia, aunque Motherwell cuidó a fondo el tratamiento de la superficie pictórica, buscando que el peso de la oscuridad se consiguiese a través de numerosas pinceladas que convergen y se separan; incluso invocando, por momentos, el caos. En definitiva, condujo el americano un asunto espinoso al terreno de la osadía formal.
Mientras trabajaba en Iberia, sabemos que recibió Motherwell el impacto de las Pinturas negras: eligió, desde su lenguaje abstracto, evocar las emociones generadas por la guerra incluso cuando ésta era un recuerdo. En cuanto a su estilo, esta imagen ofrece evidentemente un contrapunto a las de Goya; en cuanto a su intensidad expresiva, se pretendió que no fuera así.
El recorrido de esta muestra -que cuenta, también, con documentación: fotografías, audiovisuales, un tomo de la Encyclopédie y el catálogo de exposición “La nueva pintura americana”, que pudo verse en el Museo de Arte Moderno de Madrid justamente en 1958- propone, en definitiva, un estudio posible sobre la influencia de los Desastres en el arte contemporáneo y ha sido comisariado por María Bolaños. Nos lleva del grito al silencio y del negro de la tinta al del óleo.


TODAS ESTAS COSAS SUCEDIERON
Comienza la exhibición enseñándonos la serie goyesca, que el de Fuendetodos llevó a cabo en un momento personal difícil, de enfermedad y amargura. Eligió no atender a héroes ni batallas, sino a las infinitas formas de crueldad que, hasta ese momento, se habían visto en las guerras, pero no en el arte y que sufren esencialmente los anónimos. Consciente de los peligros que podía aparejar su salida a la luz pública, Goya no llegó a publicar Los desastres de la guerra, que sólo se difundieron tras su muerte, en 1863.
Él mismo se hizo garante de la veracidad de lo representado (Yo lo vi, dejó escrito) y, efectivamente, conocemos que vio a uno de sus alumnos morir de hambre o a jóvenes arrastrando cadáveres de soldados franceses. Otra vertiente inquietante de estas composiciones la encontramos en los grupos de individuos que ni intervienen ni apartan la mirada.
Si nos ceñimos a los pormenores de la representación, no podremos dejar de mirar cuerpos que ya apenas lo son: figuras desmembradas suspendidas de los árboles, miembros amputados, cadáveres profanados o empalados, incendios, castraciones, heridos graves penosamente atendidos o mujeres siendo violadas y defendiéndose con desesperación; tampoco antes el arte había abordado este asunto con su crudeza y no tantas veces lo hará después.
La violencia de estas escenas tiene su traslación técnica clara, en forma de trazos enérgicos, zigzags o arañazos. El trauma representado tiene su eco en una violencia artística.

Frente a los grabados salvajes de Goya, en Motherwell encontraremos desiertos negros no carentes, ellos también, de accidentes en forma de texturas: brochazos, líneas caligráficas o salpicaduras, empastadas o diluidas, que a veces devienen veladuras, transparencias y brumas. En Iberia es una composición planteada como un gran campo de color de gravedad solemne y destinada a favorecer la meditación sin distracciones, quizá en algún espacio ritual.
Una y otras composiciones están teñidas o inmersas en la negrura; en el caso de Goya, procede de lo recreado y de sus propios fantasmas y, en el de Motherwell, quizá de un pesimismo metafísico.
De esta exposición en San Telmo forman también parte algunos enigmáticos grabados del español titulados Caprichos enfáticos, que podemos considerar alegorías de la sociedad española en tiempos de la persecución liberal. Los individuos se animalizan y a veces picotean a sus víctimas. En una de esas escenas leemos una cita tomada de un poema satírico italiano entonces célebre: Mísera humanidad/ la culpa es tuya.


“Negro Goya, negro Motherwell. Ochenta desastres y un abismo”
Plaza Zuloaga, 1
San Sebastián
Del 16 de mayo al 27 de septiembre de 2026
OTROS CONTENIDOS EN MASDEARTE:
