Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses la madrugada del pasado 3 de enero, el presidente Donald Trump oficializó su agenda geopolítica con la llamada “Doctrina Donroe”, una reinterpretación de la Doctrina Monroe que refuerza la idea de dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental.
El mensaje fue directo y cargado de anticipación: funcionarios estadounidenses declararon que la región es su esfera de influencia y el propio Trump advirtió “Cuba is next”, sugiriendo que la isla podría ser el siguiente objetivo dentro de esa estrategia.
Creo que tendré el honor de tomar Cuba”, dijo el presidente Trump a los periodistas en la Oficina Oval el mes pasado. “Creo que puedo hacer lo que quiera con ella, si quieren saber la verdad. Es una nación muy debilitada”.
Desde entonces, Cuba vive bajo una creciente expectativa de cambio político marcada por esa presión externa. La caída de Maduro implicó el fin del apoyo energético venezolano, lo que ha profundizado una crisis severa en la isla, con escasez de combustible, alimentos y deterioro del sistema de salud.
En un artículo de opinión para Responsible Statecraft, William Leogrande, profesor de gobierno y exdecano de la escuela de Asuntos Públicos de la American University, sostiene que en la creciente confrontación con Estados Unidos, Cuba no tiene muchas opciones, como le gusta decir a Trump.
Leogrande recuerda que en los meses transcurridos desde que Estados Unidos tomó el control de las exportaciones de petróleo de Venezuela, cortó el flujo hacia Cuba y amenazó con sanciones a cualquier nación que se atreviera a enviar combustible a la isla, solo Rusia se ha atrevido a desafiar el embargo petrolero de Washington. Como resultado, la economía cubana se está paralizando gradualmente.
Parece que todo está preparado para que Trump triunfe donde sus doce predecesores fracasaron, recuperando finalmente Cuba de manos de los jóvenes revolucionarios barbudos que arrebataron el paraíso caribeño de Norteamérica hace unas siete décadas. Sin embargo, un análisis detallado de las opciones de Washington revela que recuperar Cuba no será tan fácil como parece», advierte el experto en temas políticos latinoamericanos.
Para el académico, aunque Washington y La Habana iniciaron negociaciones para determinar si existe suficiente consenso entre las exigencias del gobierno de Trump y los compromisos que el gobierno cubano está dispuesto a asumir, se mantiene una barrera sólida en el escenario real.
Según Leogrande, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha declarado públicamente que Cuba «necesita un nuevo gobierno», y el New York Times informa que Washington exige la renuncia del presidente cubano Miguel Díaz-Canel. «Los funcionarios cubanos han marcado una línea roja en respuesta, negándose a negociar tanto la estructura del sistema político como la identidad de sus líderes», explica.

Pulso sobre el tapete
El analista detalla que si ambas partes se centran en cuestiones económicas, que parecen ser prioritarias para Estados Unidos, al igual que en Venezuela, podría ser posible un acuerdo. Sería un buen resultado para ambas partes, pero no satisfaría las demandas cubanoamericanas de un cambio de régimen.
Un estancamiento es más probable que un acuerdo. Esto condenaría a Cuba a un bloqueo petrolero continuo, a una mayor miseria y a la amenaza latente de un ataque militar estadounidense. «Quizás visitemos Cuba después de terminar con esto», dijo Trump, refiriéndose a la guerra en Irán. Pero tanto la opción de la guerra aérea como la de la intervención militar terrestre plantean serios problemas para Estados Unidos», precisa Leogrande.
En primer lugar, resalta que Cuba no representa una amenaza inmediata para Estados Unidos, por lo que Washington no tiene justificación para atacarla. «Esto puede no preocupar a los Stephen Miller en la Casa Blanca, para quienes el poder es lo único que importa. Pero dañará aún más las alianzas de Estados Unidos tanto en Latinoamérica como en Europa».
Además, señala que una campaña militar contra Cuba no garantiza el cambio político que busca la administración Trump y añade que una de las lecciones de la guerra en Irán es que no se puede imponer un cambio de régimen sin presencia militar sobre el terreno.
«Ni siquiera eliminar a la cúpula dirigente es garantía de éxito; la segunda línea podría ser aún más recalcitrante. Asimismo, Cuba, a diferencia de Irán o Venezuela, carece de una oposición organizada de relevancia, por lo que sería vana esperar que los cubanos se subleven contra su gobierno. Por lo tanto, los ataques aéreos contra Cuba no lograrían mucho, salvo empeorar aún más la situación de la población», añade.

Leogrande plantea que el ejército estadounidense podría invadir y ocupar la isla con relativa facilidad porque, las fuerzas armadas cubanas, que en su día fueron lo suficientemente poderosas como para detener a Sudáfrica en Angola, siguen operando con equipo de la era soviética y combustible limitado y eso impediría organizar una defensa convencional eficaz.
Pero, según el experto, no tienen intención de hacerlo, pues desde que el secretario de Estado del presidente Ronald Reagan, Al Haig, amenazara con atacar la isla, la doctrina militar cubana ha sido la de una «guerra de todo el pueblo», basada en librar una guerra de guerrillas asimétrica y prolongada contra un ocupante.
El acuerdo, lo más probable
Según un reportaje reciente de The New York Times, la administración Trump está insinuando un enfoque distinto. El medio asegura que, más que exigir la caída inmediata del liderazgo comunista, estaría buscando un acuerdo que evite el caos mientras empuja gradualmente cambios económicos y, eventualmente, políticos.
El diario sostiene que Trump parece aplicar a Cuba una versión de la estrategia usada en Venezuela: primero desarticular el centro del poder, luego cooperar con un sucesor o con sectores del régimen para asegurar estabilidad y ventajas estratégicas para Washington, dejando para después la discusión de fondo sobre una transición plena.
Luz Neira Parra, magíster en Desarrollo Social, periodista e investigadora, afirma que no parece que el gobierno de Donald Trump tenga como objetivo inmediato un “desmontaje rápido” del sistema cubano, al menos en términos realistas.
La Magíster en Desarrollo Social asegura que actualmente se observa una intensificación sostenida de la presión económica, diplomática y energética, particularmente a través de sanciones más duras, restricciones financieras y bloqueo de suministros clave como el petróleo.
En 2026, la estrategia se ha movido hacia un modelo de asfixia estructural del Estado cubano, intentando explotar su vulnerabilidad energética y su crisis interna. Sin embargo, esto no equivale a una capacidad real de provocar un colapso inmediato del régimen», afirma.
Según Parra, parece poco probable que Estados Unidos pueda acelerar la caída del régimen cubano. La especialista destaca que la experiencia histórica indica que aún los EE. UU. no han logrado ese objetivo pese a incluir medidas que, a su juicio, resultan más agresivas que las implementadas en los años 60, cuando el gobierno de John F. Kennedy impuso el embargo económico.
La profesora universitaria advierte que el régimen cubano ha demostrado una alta capacidad de adaptación en contextos de crisis prolongada y comenta que, más que un “desmontaje”, lo que se configura es un escenario de desgaste prolongado.
No parece viable un cambio de régimen en el corto plazo. Incluso en medio de una crisis severa, energética, económica y social, el sistema político cubano no muestra señales claras de fractura inmediata. Además, cualquier intento de intervención directa enfrenta costos políticos y legales internos en EE. UU., incluyendo resistencia del Congreso ante acciones militares unilaterales», menciona.
Salida basada en la negociación
Por su parte, Erick Obermaier, consultor político con estudios de maestría en comunicación y gerencia política, señala que la política reciente de Trump hacia Cuba y Venezuela responde a una estrategia en la que convergen intereses geopolíticos y necesidades electorales dentro de Estados Unidos.
El experto asegura que los anuncios realizados por Trump sobre Cuba buscan acelerar este proceso para tratar de tener un logro rápido que pueda alcanzar un efecto en las elecciones de medio término en los EE. UU.
Para Obermaier, las medidas dirigidas hacia Cuba también tienen un componente simbólico orientado al electorado latino en Estados Unidos, particularmente entre comunidades de origen cubano y venezolano en estados clave como Florida.
Las dificultades que ha suplido el gobierno de Trump tras los ataques a Irán, que aún no pueden ser presentados como una victoria, tomaron un efecto muy directo en la ciudadanía con el aumento en los precios del combustible. Por tal motivo, otra intervención, aunque pueda ser vista como una posibilidad, no estaría planteada en un escenario lógico», explica.

Obermaier sostiene que el actual contexto internacional podría abrir una oportunidad para que el presidente Trump reduzca la presión directa sobre Cuba y explore una salida política basada en la negociación, en lugar de una estrategia de confrontación abierta.
Para el consultor político, una apertura parcial del régimen cubano obtenida mediante diálogo podría ser interpretada por la administración estadounidense como una victoria política limitada, pero significativa, en materia democrática, sin necesidad de recurrir a una intervención directa que implique mayores costos políticos y estratégicos. Sin embargo, advierte que uno de los principales obstáculos para ese camino es la falta de interlocutores confiables entre ambas partes.
En este sentido, afirma que México pudiera servir como un posible mediador, debido a su capacidad para mantener canales de comunicación con el gobierno cubano y al mismo tiempo conservar una relación institucional con Estados Unidos.
Muchas decisiones de Trump suelen percibirse como movimientos inesperados, aunque en realidad responden a estrategias diseñadas con antelación. Desde esa perspectiva, cualquier cambio en la política hacia Cuba podría parecer repentino en el plano público, aun cuando forme parte de una planificación política previa dentro de la administración», agrega.
Sanciones y presión diplomática
Obermaier considera que, dentro del análisis de la política exterior del gobierno de Donald Trump, la posibilidad de una acción directa contra Cuba sigue siendo limitada.
El experto en comunicación y gerencia política afirma que un escenario de intervención tendría una probabilidad reducida, cercana al 10 %, debido a los altos costos políticos, económicos y diplomáticos que implicaría para Washington en el actual contexto internacional.
Señala que la estrategia de la Casa Blanca podría orientarse hacia un esquema en el que las sanciones y la presión diplomática no busquen necesariamente un colapso inmediato del régimen, sino generar condiciones que permitan una eventual transición negociada.
La opción con mayores posibilidades no sería una confrontación militar ni una presión extrema, sino un modelo de negociación indirecta en el que la presión política y económica funcione como mecanismo para abrir canales de diálogo entre ambas partes», asegura.
Atención concentrada en Irán
Juan Antonio Blanco, exdiplomático cubano y experto en relaciones Cuba-Estados Unidos, señaló en una entrevista con NTN24 que, aunque la atención internacional del presidente Donald Trump está concentrada actualmente en la crisis con Irán, eso no significa que Cuba haya salido de las prioridades estratégicas de la Casa Blanca.
Según su análisis, en los últimos meses se han producido señales políticas, diplomáticas y operativas que sugieren que Washington ha venido preparando distintos escenarios hacia la isla, incluso mientras el foco público permanece sobre el conflicto en Medio Oriente. Trump ha reiterado en varias ocasiones que su administración sigue evaluando la situación cubana, al tiempo que mantiene abiertos otros frentes internacionales.
Para Blanco, la percepción de que el gobierno estadounidense está exclusivamente concentrado en Irán puede resultar incompleta, ya que la presidencia trabaja a través de múltiples equipos simultáneamente en áreas como el Departamento de Estado, el Tesoro y los organismos de seguridad nacional. Esa estructura permite que distintos expedientes avancen en paralelo, incluso cuando la atención política del mandatario se dirige a una crisis específica.
La actual crisis en Medio Oriente no necesariamente desplaza el expediente cubano, sino que podría estar retrasando el momento político más conveniente para una decisión. Trump ha señalado públicamente que primero busca resolver el frente iraní antes de avanzar en otros asuntos internacionales», sentencia.
